17 agosto 2005

Primer Día de Clases

Es tu primer día de clases después de unas largas, relajantes, merecidas y productivas vacaciones. Tienes la oportunidad de faltar, “después de todo”, piensas, “es un día lleno de clichés: llega el maestro, se presenta, da el programa, criterios de evaluación y se va”. Piensas en que podrás ver a tus compañeros, no, a tus compañeros no, a tus amigos, pero ¿qué no se avecina todo un semestre?, los podrás ver diario, esa no es una urgencia, y sin embargo, sin saber por qué, decides ir. Asistes a la escuela.

Comienza tu primera clase y no te encuentras con nada interesante, tal y como lo habías pensado, te prometen que vas a aprender muchas cosas, el maestro fanfarronea un poco a cerca de lo que ha hecho y/o sabe hacer, trata de contar uno o dos chistes para simpatizar a los alumnos, etc. Termina la clase y tienes que trasladarte a otro salón, tienes dos caminos posibles para llegar a él. Te decides por el que te lleva a pasar frente al salón de los alumnos de nuevo ingreso. Cuando te encuentras pasando por ahí echas un vistazo, claro, hay que checar el nuevo material. No ves nada que te deleite la pupila. Maldición.

Comienza la segunda clase, han pasado 15 minutos y la maestra no ha cumplido ninguno de los clichés, es más, no ha dirigido una sola palabra a la clase, pues discute con una alumna, alcanzas a escuchar que es algo a cerca de un especial. “Seguro la pendeja esta se fue a especial”, te dices a ti mismo, “lo reprobó, y ahora viene a reclamar, que digo reclamar, a rogar, después de todo, no debe ser nada fácil aceptar que tu carrera se ve frustrada a ¿qué?, ¿año y medio de acabarla?, sí, definitivamente se ve como si le faltara año y medio, quizás menos”. Pero mientras razonas todo esto te das cuenta de algo, durante los quince minutos que han pasado discutiendo, los quince minutos que lleva la maestra dentro del salón, tú no le has quitado la vista de encima. Y entonces te preguntas “¿por qué?”. La observas, sí, definitivamente es muy guapa, no pasará de los 40 años de edad, “mmm, madurita” piensas.

Después revisas tu horario y te das cuenta que su nombre aparece en la columna que dice “Maestro Asignado” en dos materias. “Muy bien” piensas, “el placer de verla diario será doble”. Minutos más tarde, termina de discutir, y por fin comienza todo el ritual del primer día de clases. Tú la sigues viendo, es delgada, le sobran quizá algunos kilitos en la cintura, pero está bien formada, para sus casi cuarenta años, está bastante bien, y entonces… lo dice: “haiga”, no sabes por qué, pero desde hace ya mucho tiempo esa palabra te salta a los oídos, y no la toleras, no puedes siquiera respetar a alguien que la diga. Bueno, perdió su encanto. Sabes que la seguirás viendo y te seguirá pareciendo atractiva, pero ya hay una gran loza que no te dejara recurrir al también viejo cliché de enamorarte de la maestra.

Tercera clase, una maestra ya conocida. Es amiga de tu tía y por lo tanto la habías visto incluso antes de ingresar a esa escuela. Es sin duda una de las mejores que has tenido a lo largo de la carrera, explica todo de una manera muy sencilla y nunca te carga la mano. Piensas que debería haber más maestros como ella, y cuando te has dado cuenta termina la clase. Para la siguiente hora, regresa la maestra guapa. Ahora sí cumple con el ritual del primer día de clases, paso a paso, y te permite averiguar que también agrega una ‘s’ al final de cada verbo: “jugastes, comistes, dormistes, estudiastes, bailastes, tragastes, corristes, cantastes, tocastes, soñastes, reístes, llorastes, aprendistes, pensastes, escribistes, etc.”.

Para la quinta clase es el turno de una maestra que te da la impresión de ser bastante relajada e incluso de actitud un poco hippiosa. Se va 20 minutos antes de que acabe la hora, aprovechas para dar una segunda visita al salón de primero, y confirmas tu primera impresión, parece que este año no ha entrado ninguna señorita atractiva. Te acuerdas de la de hace medio año, ella era muy guapa, y la notaste desde el principio, pero a los dos meses también comenzaste a notar su barriguita, que poco a poco iba creciendo. Ahora, ella no cursa el segundo semestre.

Por fin, la última clase, no es que estés cansado, el esfuerzo mental ha sido nulo, pero ya deseas regresar a tu casa, después de 9 semanas uno se acostumbra a estar ahí a la hora de la comida. Entra la maestra más temida de toda la carrera. Tú ya sabías que ella era la asignada, y además, nunca te has dejado intimidar por lo que se diga de un maestro, tu mentalidad es: “si yo no lo conozco, no creo lo que se diga de él/ella”, no se te da eso de tenerle miedo a los maestros, de hecho, haces tu horario de manera que las materias queden una tras otra, ni siquiera ves al profesor asignado.

En cuanto ella comienza a hablar, Toño, que está sentado junto a ti, te dice: “mira, la maestra parece luchadora”. En efecto, es así, te aguantas la risa, o mejor dicho, te ríes en silencio y de manera muy disimulada. Alta, quizá más que tú, de cabello corto, de nuevo, más que tú, mirada enojada, seño fruncido, cuerpo para nada esbelto, pero tampoco es gorda, bueno, no lo que se llama gorda gorda. Mientras ella habla diciendo que lo difícil no es la maestra, sino la materia, notas que la cuarta parte de los alumnos presentes en el salón de clases son repetidores. Y ellos son la mitad de los que reprobaron, la otra parte prefirió cambiar de especialidad, sientes un poco de pena por ellos, “cambiar sus gustos o su vocación solo por no poder con una persona, y no me refiero a la maestra, sino a ellos mismos, por un instante te ríes, luego solo piensas: cobardes”.

La maestra empieza a caerte bien, tiene una personalidad marcada, agresiva, dura; empiezas a pensar que de verdad podría haber sido (¿o ser?) luchadora, pero entonces Toño te interrumpe de nuevo, y te dice: “mira, nuestra maestra es Paquita la del Barrio”, ahora te cuesta dos veces más reírte en silencio, mientras Toño canta en voz baja: “tres veces te engañeeeee, la primera por….”; y es que, en verdad se parece, quizá un poco más esbelta, perono mucho, la cara y el cabello son muy similares, sin duda, la voz es idéntica.

Te cuenta de montones de trabajo que te va a dejar, te permite elegir los porcentajes que tendrá cada uno de los criterios de evaluación, “póngase la soga al cuello ustedes mismos” dice, te permite organizar equipos de trabajo de los integrantes que desees, “es lo mismo reprobar a uno que a cinco” comenta, y tú, solo piensas en como una vez más, al final del semestre no te detendrás a mirar a los que se quedaron, ya has tenido maestros con mala fama, y nunca te ha ido mal.

Por fin sales de clases, te largas a tu casa, llegas y duermes una siesta. Por lo menos hoy que puedes; en otras ocasiones, tendrás mucho trabajo por hacer.

6 comentarios:

Kaze dijo...

Me cae que tu escuela esta muy chingona; tienes puras maestras no sabes la envidia que me da, yo tengo puro maestro con bigote del Porfirio Díaz

Huevo dijo...

"...y al final del dia cierras tu diario con un bonito pensamiento y decides que es hora de escribir un post amulderadisimo."

Chale.

pau dijo...

oye... y siempre cantas cuando vas camino a la escuela?.... o solo en dias lluviosos.... o puede ser que el primer dia te ponga tan feliz que cantas...por cierto me parecio que coreabas... "y soy rebelde.." jeje saludos amigo.. aver si nos volvemos a topar camino a la escuela...

King of the Underworld dijo...

la clasica actitud de estudiante que no sabe de las chingas del ultimo año de escuela...

NancY [kiut] dijo...

ya ni yo escribo tan nenita salu2 =P

Raul dijo...

Mulder, te imagino paseando por el salón de los de nuevo ingreso con cara de hiena hambrienta buscando víctima y pensando ¿Quien se la comerá este semestre?